Por que estar en lo correcto en el mercado no siempre es lo mas importante

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¿Por qué estar en lo correcto en el mercado no siempre es lo más importante?

Muchos traders han tenido la experiencia de estar en lo correcto acerca de una operación, pero quedan fuera del mercado antes de que la transacción alcance su objetivo previsto. ¿Qué tan frustrante puede ser esto?

Este suele ser resultado de varios problemas comunes de tipo emocional y que están relacionados con el tiempo como:

  1. Entrar al mercado demasiado pronto debido al miedo de perder de perder la oportunidad.
  2. Salir demasiado pronto de una transacción debido al temor de terminar perdiendo lo ganado.
  3. Colocar un stop loss inicial muy cerca del punto de entrada (miedo de perder).
  4. Mover los stop loss demasiado pronto (operar para no perder).
  5. Extrapolar con respecto a lo que ha pasado.

Ciertamente es una montaña rusa de emociones.

¿Alguna vez se preguntó por qué estos errores son siempre tan costosos? ¿Por qué el mercado es tan rematadamente eficiente en castigar a los que cometen estos errores de sincronización y gestión de operaciones?

La cadena alimentaria en los mercados

Al igual que las ballenas comen los pequeños crustáceos conocidos como krill, los traders individuales y con poca experiencia son una fuente de alimento para los profesionales. Los traders profesionales estudian el comportamiento de los traders pequeños de la misma forma en que el capitán de un barco pesquero estudia los patrones de los bancos de peces que por medio del sonar. Estos estudios producen resultados consistentes día a día porque los traders más pequeños se comportan de manera bastante predecible cuando están bajo estrés financiero. (Ver los 5 errores más arriba).

No se necesitan herramientas sofisticadas para determinar hacia donde se moverán los cardúmenes de peces pequeños y dónde es más probable que tomen decisiones de salida (liquidación de posiciones). Por otra parte, no es difícil de asustar a los peces pequeños para que ejecute operaciones motivados por el pánico; una cantidad relativamente pequeña de presión será suficiente.

Adicionalmente, el sesgo reciente garantizará que los peces estén buscando la manera incorrecta cuando deciden regresar al mercado después de haber salido debido al temor. Lo más probable es que tomarán una actitud inapropiadamente bajista o alcista, según sea el caso.

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La acción reciente de los mercados en el Nasdaq constituye un claro ejemplo de este principio de la psicología del mercado. Un periodo corto y violento de ventas convenció a muchos que la “campana” por fin había sonado y que el mercado iba a caer, pero después de se produjo la caída rápida, los precios comenzaron a subir nuevamente atrapando a muchos principiantes.

Algo que los expertos han aprendido a través de los años, es a reconocer los patrones psicológicos del mercado en los distintos movimientos del precio y a sacar provecho de estos. En otras palabras, se alimentan de los errores que una y otra vez cometen los novatos. Es importante recordar que las cotizaciones en todos los mercados son movidas al alza y a la baja por personas, las cuáles se ven afectadas por las mismas emociones que nos caracterizan a todos los seres humanos (miedo, codicia, etc) y que nos caracterizan como especie.

Siguiendo la pista del volumen para estar en el lado correcto de la Bolsa

Incertidumbre. Esa es nuestra constante compañera de viaje si te apasiona la bolsa. No importa que esté empezando o que opere desde hace años en los mercados: nadie sabe qué va a pasar dentro de una hora. ¿Cómo se puede sobrevivir a la incertidumbre?, ¿cómo evitar la sensación de tener que adivinar siempre? No se puede. Nadie puede dedicarse a la bolsa y al trading y pensar que va a estar en lo cierto en las próximas 50 operaciones. Es una utopía, es un sueño infantil. Entonces, ¿qué se puede hacer?, ¿cómo podemos aumentar nuestro ratio de acierto?

Cambiando nuestra actitud hacia el mercado, entendiendo cuál es su verdadera naturaleza y encontrando un método, un concepto que nos ayude a posicionarnos correctamente. El primer paso es muy importante: entender que no tenemos que adivinar o predecir nada. La bolsa y el trading es “un juego” de probabilidades, un juego estadístico. Nadie puede saber qué va a pasar después de nuestra operación, pero debemos invertir en lo más probable. Es lo máximo a lo que podemos aspirar. Debe aceptar esto: si busca tener razón el cien por cien de las veces, se ha equivocado de actividad.

Por mi parte, encontré la solución a la incertidumbre especializándome en el estudio de los movimientos de las manos fuertes. ¿Qué son las manos fuertes?, se preguntará. Pues todos aquellos partícipes del mercado que en el momento en que uno está operando mueven el precio con el suficiente capital como para aplicar una estrategia de acumulación o de distribución. ¿Y cómo sabremos cuándo es “suficiente capital”? Pues atendiendo con especial mimo al volumen del activo.

La importancia del volumen

El volumen nos indica el número de contratos ejecutados, por lo tanto, el volumen es dinero. Nos advierte del mucho o poco dinero que se posiciona en los distintos niveles de precios. Puede que como inversor particular no tenga una estrategia definida, pero le aseguro que las manos fuertes saben muy bien cómo posicionarse en el mercado, y por fortuna, el volumen, tanto el nuestro como el del profesional, no se puede ocultar. Los volúmenes relevantes son la huella que dejan los profesionales y las manos fuertes en el mercado, y si aprendemos a leer esas huellas, entenderemos su estrategia y hacia dónde es más probable que se mueva el precio.

Evidentemente, las manos fuertes poseen mucho capital, por lo que no pueden entrar en el mercado de golpe, sería como ver entrar a un elefante en un bazar asiático. Necesitan aplicar una estrategia para posicionarse en el mercado. Si aprendemos a reconocer y seguir sus huellas, seremos capaces de mejorar nuestros resultados. Si nos posicionamos constantemente del lado de las manos fuertes, podremos errar operaciones, pero en el medio plazo el resultado será positivo. Debemos recordar que no queremos ganar dinero al mercado, queremos ganar dinero con el mercado.

Personalmente, creo que el juego está “amañado”, pero no por un ente maligno o las manos fuertes, sino por la propia naturaleza humana. Cortamos pronto las ganancias y dejamos que las pérdidas licúen nuestra cuenta. Conservadores en las ganancias, agresivos en las pérdidas. Mala fórmula para la bolsa. Mejor ser como un agricultor, o al menos, adoptar su mente. Para el agricultor solo hay dos estaciones, la de tormenta y la de buen tiempo, y su función es sacar el máximo provecho de cada una de ellas. En nuestro caso, conservar nuestro capital cuando erramos, y maximizar el beneficio cuando el precio nos da la razón.

Le sugiero que aprenda a interpretar lo que sucede en un gráfico gracias al volumen. Olvídese de indicadores, el volumen es el dinero que entra en el mercado, el precio y su movimiento es el resultado del esfuerzo. Si se eliminan todos los indicadores, dejamos lo esencial, el mejor indicador, uno mismo y su conocimiento. Los métodos para ganar en bolsa son como los relojes, cuanto menos complicados, mejor funcionan y menos riesgos de que se estropeen.

Por qué ahora, por qué nosotros

Imagen de un mercado de Shanghái. EFE

He pasado 40 años de mi vida dedicado al estudio de las enfermedades infecciosas y tratando personas con infecciones. Esta ardua tarea, una gran aventura profesional y humana, ha sido recompensada en muchas ocasiones cuando, rescatado para la vida desde el abismo de la muerte, el enfermo dejaba de serlo recuperando la salud; pero además, con sinceridad puedo decir que siempre he estado sorprendido y fascinado por la versatilidad y capacidad de adaptación de los microorganismos que nos rodean y por sus interacciones con los seres humanos. Ello ha mantenido sin declinar, mi interés y curiosidad todos estos años.

Si tras la introducción de las vacunas y antibióticos a mediados del siglo pasado se pensó ingenuamente que las enfermedades infecciosas estaban vencidas, la aparición de nuevas enfermedades y la reaparición de otras que creíamos del pasado, han venido a confirmar lo erróneo de aquel pensamiento. Se estima en más de 50 las enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes. Pero este fenómeno parece haberse acelerado últimamente con la aparición de infecciones víricas capaces de adquirir proporciones epidémicas e incluso extenderse globalmente afectando a millones de personas y produciendo sufrimiento, mortandad, caos económico y disrupción social. El SARS, el MERS, el Ébola o la gripe aviar son ejemplos de nuevas infecciones víricas aparecidas en los primeros años del siglo XXI. A ello se suma la actual pandemia de infección por el coronavirus (SARS-CoV-2) que es, por ahora, la última plaga salida de la Caja de Pandora. Esta pandemia por su extensión y gravedad, supone un serio desafío a nuestro sistema sanitario y pone en jaque la totalidad de las dimensiones de lo social.

La comprensión de estos fenómenos que generalmente consideramos propios del ámbito médico, requiere un enfoque más allá de lo meramente biológico y engloba aspectos relacionados con la cultura, la economía, la ecología y la política; porque «la medicina es una ciencia social y la política no es otra cosa que medicina en una escala más amplia» según la bien conocida idea de Rudolf Virchow.

Nuestra Caja de Pandora no es la mítica creada por el capricho de Zeus para labrar su venganza sobre Prometeo, el benefactor de los mortales; esta es una tinaja construida por la actividad humana en su devenir histórico y contiene amenazas incubadas durante años. Es Némesis que nos revisita, la venganza de los dioses que cae sobre los mortales que usurpan sus privilegios. Como en otros desafíos actuales –la contaminación, el cambio climático, la desertización– «el enemigo es en gran parte nosotros» y después de 50 años parece hacerse realidad la premonición del crítico social Ivan Illich: «pasado un nivel de pedantería industrial se instala la némesis».

La tinaja de nuestra Pandora industrial es, entre otros factores, un efecto colateral de los procesos de producción y distribución de alimentos en sociedades superpobladas. La acuicultura integral, tradicional método de producción cárnica en muchos países del sudesteasiático y China, se concentra en macrogranjas donde conviven miríadas de cerdos, pollos, patos y peces. Estos lugares se han convertido en gigantescos tubos de ensayo donde los virus porcinos se conjugan con virus aviares, dando lugar a nuevos organismos como los virus gripales H5N1 y H7N9, capaces de dar el salto evolutivo hasta el ser humano. Las enormes explotaciones porcinas de Malasia que concentran cientos de miles de cerdos y son parasitadas por otros mamíferos, tienen un enorme potencial de generar virus letales como el Nipah descubierto en 1998. En estas condiciones parecería que la suerte estaba echada y en realidad, para la comunidad científica internacional, la cuestión no era si aparecería un nuevo virus pandémico, sino cuándo ocurriría esto. Incluso el lugar podía ser previsto: China, de donde han venido históricamente otras epidemias virales.

China ha tenido en los 40 años un desarrollo económico sin precedentes. El PIB chino pasó de 306,000 millones de dólares en 1980 a 27,331 billones en 2020. La renta per cápita pasó de 311 dólares en 1980 a 19,520 en 2020. Junto a ello, China ha experimentado considerables avances en cuanto a mortalidad infantil y vida media. Con este bienestar, las necesidades de carne de la sociedad china se han incrementado con lo cual, el sistema productivo se ha expandido considerablemente. China es el primer importador de carne de cerdo del mundo y se estima que la cabaña porcina china era de 698 millones de cabezas en 2020 con un consumo de 56 millones de toneladas al año. Por otra parte, una sofisticada tecnología aplicada a la producción aviar es capaz de producir 200.000 pollos y gallinas al día en una sola explotación. No sorprende que el número de pollos alcanzara la cifra de 8,42 billones en 2020 y un consumo de 13,100 millones de toneladas en 2020.

La información epidemiológica disponible sobre la actual pandemia por SARS-CoV-2, sugiere la implicación de virus originalmente hospedados en murciélagos transmitidos a los seres humanos por animales vendidos en los llamados ‘wet markets’, mercados baldeados al aire libre donde se conservan los animales vivos. En estos lugares se mezclan aves de corral con peces, crustáceos y moluscos, patos, ranas, marmotas, conejos, ratas de bambú, civetas, pangolines y otros muchos más, que se consumen tradicionalmente. En este arca-despensa de Noé, un inédito ecosistema creado por el hombre, ignotos virus animales se convierten en potenciales patógenos humanos. Esto es particularmente cierto para los coronavirus y otros virus ARN, cuyas polimerasas son proclives al error determinando multitud de mutaciones durante su replicación cosa que, en un ecosistema determinado, les permite saltar a otras especies animales, nosotros entre ellas.

Para ponerlo en perspectiva, lo que a la especie humana le llevó millones de años –cambiar su genoma en un 1%–, a uno de estos virus ARN les lleva unos pocos días. No es difícil comprender que nos tengamos que enfrentar a un número creciente de virus de origen animal, convertidos en patógenos humanos. Dicho en corto, la necesidad de alimentar a una sociedad superpoblada ha creado enormes ecosistemas, donde la mezcla y promiscuidad animal permite el intercambio de agentes microbianos, para nuestro propósito virus, que conjugan y enriquecen sus genes y se abren camino de especie a especie, hasta adaptarse a los seres humanos. Es un proceso largo que requiere la adquisición de moléculas de superficie que les permita adherirse a los epitelios de la orofaringe y el aparato respiratorio y pasar de persona a persona; pero cuando ello ocurre, una vez que el individuo infectado se monta en un avión, la infección está al día siguiente a la puerta de casa.

Por esto, la prontitud de la respuesta es clave en la contención de las epidemias. Sin embargo, históricamente, la respuesta temprana a las epidemias ha estado siempre entorpecida por la incredulidad, el miedo a alarmar, por incertidumbres respecto a su gravedad y evolución, por la lentitud de los procedimientos administrativos, por el interés de proteger legítimos intereses económicos, incluso por las limitaciones del conocimiento científico. En Los novios, la famosa novela de Alessandro Manzoni, que describe una epidemia de peste en el Milán en el siglo XVII se lee: «Entre el público, aquella terquedad de negar la peste iba perdiéndose a medida que la plaga se difundía con la familiaridad y el contacto…. » y en otro lugar «… los magistrados, a manera de quien despierta de un profundo sueño, empezaron a dar oídos a las reclamaciones de la junta de sanidad». La situación a este respecto, no es muy diferente tres siglos después.

La atribución de la responsabilidad de las epidemias es un aspecto abominable de la cuestión que merece al menos un comentario breve. A lo largo de la historia se ha culpabilizado a los judíos por la peste en la época medieval, a los españoles durante la conquista de América y por la gripe del 1918, a los árabes y a los indios por el cólera por citar solo algunos ejemplos. Esta asignación suele estar contaminada por sentimientos racistas, de superioridad cultural, de intereses ideológicos o son simples tergiversaciones históricas. Aunque en la obra de Manzoni los milaneses ya atribuían la peste a una venganza del ‘Gran Capitán’, las teorías conspiratorias disparatadas e inverosímiles constituyen un riesgo aún mayor en la era actual de las redes sociales y contaminación desinformativa. Crean miedo, desconfianza y apatía, justo lo contrario de lo que necesitamos para combatir «la peste», todas las pestes. La confianza y la honradez personal, el hacer bien cada cual su trabajo es la mejor forma de combatirlos, como nos decía Albert Camus por boca del Dr. Rieux.

Por todo ello es necesario insistir en que el combate eficaz contra las enfermedades infecciosas requiere abordar su causa original, que es a menudo multifactorial, con enorme decisión. No es suficiente aunque sí necesarios un nuevo antibiótico para tratar el organismo emergente y una vacuna que nos haga inmunes al patógeno circulante. Necesitamos enfrentar el futuro y cerrar la Caja de Pandora actuando sobre la raíz del problema. Este es a mi juicio el punto crucial y el más difícil. Es un problema de la ciencia actual que solo las muchas ciencias pueden resolver. A la pregunta de qué clase de conocimiento necesitamos, Herbert Spencer respondía que el que nos aporta la ciencia. Esta es la única respuesta. Para nuestra supervivencia y la preservación de la vida y la salud, para sobrevivir juntos, lo que necesitamos es más ciencia.

La pandemia actual trae consigo dolor, incertidumbre y también melancolía, la melancolía de la tranquilidad perdida, del sentido de la finitud de la vida; pero con Herman Hesse podemos decir esperanzadamente que «tales sentimientos no vienen para irritarnos o arrebatarnos nuestra tranquilidad, sino para hacernos madurar y cambiar». Justamente: vienen para enfrentar los desafíos que nos aguardan en el futuro.

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